Cuando su voz llegó a mis oídos, me petrifiqué como una estatua, solamente fijé mis ojos en Serena, que se veía mucho más tranquila, aunque tenía unas ojeras muy prominentes. Mi hija le asintió con su cabeza, me miró para decirme
—No olvides lo que te pedí, papá
No dije nada, solamente me quedé parado ahí en silencio. Serena me tomó de la mano para hacer que me sentara en un sofá y ella se sentó a mi lado. Yo comencé a hablar un poco nervioso
—Serena, yo... yo, quisiera que me perdones por mi to