Entré a mi despacho sin encender todas las luces, dejando el espacio en esa penumbra controlada que siempre me ayudaba a pensar con más claridad, a separar lo que era impulso de lo que realmente debía hacerse. Cerré la puerta detrás de mí con calma, sin ruido, como si incluso ese pequeño detalle necesitara mantenerse bajo control, y caminé directo hacia el escritorio, apoyando ambas manos sobre la superficie mientras mi mente organizaba cada pieza de lo que acababa de pasar. No era una reacción