Camila aprendió a sentarse sola un martes a las once y diecinueve de la mañana.
Valentina lo sabía con esa precisión porque estaba trabajando desde casa — uno de los tres días semanales que había establecido como jornada remota para compensar los dos en la oficina — y tenía el ojo periférico puesto en la manta de juego donde Camila llevaba veinte minutos intentando la transición de estar apoyada sobre las manos a estar apoyada sobre ninguna cosa más que su propio equilibrio.
Lo había intentado