Dio un paso atrás, liberándola finalmente de la opresión de su cercanía física.
—Descansa, Maia —dijo, regresando a su tono frío y profesional —Estás a salvo aquí. Aunque te cueste creerlo.
Maia no esperó a que cambiara de opinión. Con un leve asentimiento de cabeza, pasó por su lado casi rozándolo, sintiendo una última descarga de calor emanar del cuerpo del alfa, y se refugió en su habitación, cerrando con llave, la puerta tras de sí. Apoyó la espalda contra la madera y exhaló el aire