La pregunta llevaba tres semanas viviendo entre ellos como un animal amaestrado que nadie se atrevía a soltar.
Adrián lo sabía. Elena también. Y esa conciencia compartida —ese saber que el otro sabe— era precisamente lo que hacía que cada conversación tuviera la textura de algo a punto de romperse.
Esa mañana, sin embargo, algo había cambiado.
Quizás fue el informe que llegó desde Lausana. Quizás fue la forma en que Elena lo leyó —de pie, junto a la ventana, sin sentarse, como si necesitara ten