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La lámpara de aceite seguía encendida, lo cual a estas alturas Adrián había decidido interpretar como un acto de pura terquedad cósmica, y honestamente lo respetaba.

Estaban en el pasadizo, los dos, con el mapa extendido entre ellos sobre el suelo de piedra y tres documentos que Elena había sacado de un compartimento que Adrián habría jurado que no existía hasta que ella lo abrió con la misma naturalidad con la que uno abre un cajón de calcetines. El proyectil de ballesta descansaba junto a la
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