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El pasadizo olía a piedra húmeda y a secretos que llevaban décadas sin que nadie los molestara.

Elena se movió primero, porque Elena siempre se movía primero en los momentos en que el instinto reemplazaba al protocolo, y Adrián la siguió porque en ese instante concreto no tenía una alternativa mejor. El panel del zócalo había revelado un corredor de unos ochenta centímetros de ancho, suficiente para una persona delgada o para dos personas que hubieran decidido olvidar temporalmente el concepto
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