La habitación interior olía a polvo y a conversaciones que llevaban demasiado tiempo esperando suceder.
Adrián entró sin llamar. Ya no le parecía necesario. Hacía tres días que Elena había dejado de ser la mujer a la que se llamaba antes de entrar a ningún sitio, y él todavía no sabía exactamente cuándo había ocurrido ese cambio, solo que había ocurrido, y que era irreversible.
Elena estaba de pie junto a la ventana nueva. La habían repuesto esa mañana, y el cristal todavía tenía una pegatina d