La habitación olía a polvo de yeso y a adrenalina mal disimulada.
Adrián había recogido los fragmentos más grandes del cristal con una meticulosidad que él mismo reconoció como innecesaria, pero que le daba algo concreto que hacer mientras su cabeza procesaba la información en capas: primero el peligro inmediato, luego los informes, luego —inevitablemente— Elena, que seguía de pie junto a la silla como si nadie hubiera disparado contra la ventana hace cuatro minutos y medio.
—Tres informes —rep