El pelaje bajo mi mano dio paso a una piel cálida y suave. El rostro de Enzo reemplazó al del lobo; sus hermosos ojos color miel se entrecerraron, a solo un suspiro de distancia de los míos.
Su pecho desnudo estaba presionado contra el mío, cubierto por la manta, con sus rodillas en el suelo, a cada lado de mis piernas.
El hombre estaba a horcajadas sobre mí. Era culpa del lobo, pero aun así...
Sentirse a horcajadas era… algo nuevo.
No era virgen, pero nunca había sentido amor ni romance en el