Capítulo 32. Una coincidencia
El hombre al escucharlos aceptar, dibujó una leve sonrisa.
—Entonces vamos —cuando iba saliendo Stavros los detuvo.
—Es mejor que yo conduzca, tú no has dormido nada y puede ser peligroso.
Cuando caminaron para subirse al auto, Sol corrió y se sentó en el asiento delantero.
—Yo no quiero ir sentada al lado de un hombre tan malo como ese —señaló de manera despectiva la jovencita.
—¿Y nosotros si podemos hacerlo? ¿Por qué tenemos que aguantarlo? —interrogó Esteban molesto.
—Porque a pesar de que