Capítulo veintitrés. Aprender a ser nosotros
Valentina se despertó con una sensación nueva.
No era náusea.
No era cansancio.
Era… peso.
—Marcos —murmuró, moviéndose.
—Mmm…
—Creo que ya no me puedo girar como persona normal.
Él abrió los ojos.
La vio luchar con la almohada.
Y empezó a reír.
—No te rías.
—Lo intento, pero pareces una tortuga elegante.
Ella le pegó con el cojín.
—Esto es tu culpa.
—Biológicamente, sí. Emocionalmente, también. Y no me arrepiento.
Valentina resopló.
Pero sonreía.
—