Los lobos se abalanzaron sobre Freya, sujetándola con fuerza mientras le ataban las muñecas con un nudo que le quemaba la piel. Por más que forcejeó que ella hiciera, era inútil. Palas se acercó con una sonrisa siniestra y, sin aviso, le lanzó una patada en el rostro. El impacto le hizo girar la cabeza, y el sabor metálico inundó su boca y escupió un hilo de sangre al suelo.
—¡Cobarde! —gritó Freya, alzando la mirada con desprecio—. Necesitas inmovilizarme para golpearme. Ni con la ayuda de tus