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La paranoia tenía un sonido particular. No era el crujido de las maderas viejas ni el susurro del viento contra las ventanas. Era el silencio absoluto que precedía al descubrimiento de que alguien había violado tu santuario más íntimo sin hacer ruido, sin dejar huellas visibles, como un fantasma que conocía cada rincón de tu vida mejor que tú misma.

Ximena observaba la pantalla del portátil con una rigidez que le dolí

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