El lunes llegó con esa puntualidad implacable que tienen los días que uno ha estado temiendo: sin anuncio especial, sin diferencia visible en la calidad de la luz o en el sonido de la ciudad, simplemente ahí, con todas sus consecuencias ya dentro de él antes de que nadie hubiera tomado la primera decisión del día.
Rodrigo Peña llamó a las siete y cuatro minutos de la mañana.
Thiago contestó en el primer tono, porque había dormido con el teléfono sobre la mesilla y con ese estado de vigilia liger