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La recepcionista Carmen levantó la vista cuando Victoria atravesó las puertas de vidrio del piso doce, y su sonrisa profesional se activó como interruptor automático, aunque sus ojos permanecieron fríos como cristal de invierno. Era el tipo de expresión que Victoria había aprendido a leer durante sus años en la alta sociedad regiomontana: cortesía calculada que no llegaba más allá de los músculos faciales nece

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