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Las cuatro de la mañana tenían una textura distinta al resto de la noche.

No era silencio exactamente, sino una suspensión particular del mundo, ese intervalo breve en que Monterrey parecía contener la respiración antes de volver a ponerse en marcha. Victoria lo sabía porque lo había aprendido durante los meses de cautiverio, cuando el insomnio era la única libertad que nadie podía quitarle. Ahora lo sabía de otra ma

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