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La morgue del Hospital San Pedro ocupaba el sótano tres, donde la luz fluorescente convertía la muerte en un procedimiento administrativo más eficiente que compasivo. Victoria atravesó las puertas dobles de acero inoxidable a las 6:47 de la mañana sintiendo el frío institucional adherirse a su piel como una segunda epidermis. El olor a formaldehído y desinfectante industrial creaba una atmósfera que negaba cualquier posibilidad de dignid

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