36. SOSPECHOSA
Con esas palabras colgando en el aire como una advertencia velada, el agente se dirigió hacia la puerta. Ilán e yo intercambiamos una mirada llena de preguntas sin respuesta mientras el sonido de sus pasos se alejaba por el pasillo. La verdad seguía siendo esquiva.
En silencio, dirigí la silla de ruedas de Ilán hasta nuestra habitación. Con delicadeza, lo ayudé a quitarse la ropa e ir al baño. Todo lo hicimos como el día en que nos casamos en la pequeña casita que habíamos alquilado. Ilán se