La imagen de Choi Seo-yeon, su sonrisa pulcra y sus ojos fríos, se había grabado a fuego en la mente de Kang Ji-woo desde la gala. La advertencia, clara como el cristal, resonaba en sus oídos: Jae-hyun le pertenecía a ella. Ji-woo había intentado, con todas sus fuerzas, reinstaurar la barrera profesional que se había disuelto en Cheonan. Se obligó a hablar solo de trabajo, a mantener una distancia física, a enterrar la punzada de conexión que sentía cada vez que Jae-hyun la miraba. Pero el dest