Pasamos tres minutos completos de caminata hasta que finalmente bajamos las escaleras y, como ayer por la noche, la gente está en la gran sala de espera esperando a que papá permita la cena y observándonos mientras bajamos el último tramo de escaleras.
Dejo que mi mirada recorra la multitud esta vez y hago contacto visual con hermosos ojos verdes que me miran fijamente. Javier es el único niño en la multitud, pero huelo el miedo que irradia de él y luce una gran sonrisa y un esmoquin negro.
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