Marcus estaba sentado en la sala de su departamento, el cuerpo aún pesado del exceso de alcohol y del sexo mecánico con Vanessa, cuando sonó su teléfono. Vio el nombre en la pantalla y un escalofrío le recorrió la espalda.
Richard.
Contestó, intentando sonar casual.
—¿Sí, padre?
La voz que llegó al otro lado era pura furia contenida.
—¿Eres idiota o lo haces a propósito?
Marcus parpadeó, enderezándose.
—¿De qué hablas?
—De esa mujerzuela histérica que metiste en el juego. —Richard escupió cad