El sonido de cascos y pisadas rompió el silencio pesado que nos envolvía. Eirik y yo nos separamos instintivamente, él empuñando su espada y yo mi daga, listos para cualquier cosa. Un caballo apareció galopando a toda velocidad, y sobre él, Graham. Al verlo, no pude evitar sonreír; en medio de tanto caos, al menos algo bueno estaba ocurriendo.
Graham saltó del caballo con una rapidez que no dejaba lugar a dudas sobre su determinación. Sin darnos tiempo a reaccionar, corrió hacia nosotros y, con