La noche llegó, y con ella el frío. Estaba tiritando, ¿cómo era posible que él durmiera tan plácidamente con este frío tan horrible? Lo miré y me llené de ira. Era injusto todo esto.
Lo empujé y él se quejó; sus ojos se abrieron y me miraron. Sus ojos azules se veían brillantes, parecían dos estrellas.
—Tengo frío —le dije.
Él se dio media vuelta, ignorándome por completo. Yo le di un golpe en el hombro y él volteó a verme.
—Deja de molestarme —me dijo.
Me senté y le puse cara de perrito mojado