El palacio había aprendido su ritmo.
Callie se movía por sus pasillos con precisión practicada, sus pasos silenciosos contra el mármol desgastado por siglos de obediencia. Llevaba ropa de cama doblada con exacta simetría, la mirada baja y la respiración controlada. Desde fuera, parecía como cualquier otra sirvienta: eficiente, invisible, reemplazable.
Por dentro, no era nada de eso.
Cada tarea se sentía ahora pesada, cargada con una tensión que ya no podía superar. Podía sentirla incluso antes