El palacio había aprendido su ritmo.
Callie se movía por sus pasillos con precisión practicada, sus pasos silenciosos contra el mármol desgastado por siglos de obediencia. Llevaba ropa de cama doblada con exacta simetría, la mirada baja y la respiración controlada. Desde fuera, parecía como cualquier otra sirvienta: eficiente, invisible, reemplazable.
Por dentro, no era nada de eso.
Cada tarea se sentía ahora pesada, cargada con una tensión que ya no podía superar. Podía sentirla incluso antes de verlo: esa sutil tensión bajo las costillas, la forma en que su columna se enderezaba sin orden, la forma en que su cuerpo reaccionaba como si lo llamara una mano invisible.
El escrutinio se había intensificado.
Sentía miradas sobre ella constantemente. No solo las de Darian —aunque su presencia ardía como una marca incluso cuando no era visible—, sino también las de otros. Sirvientes que se demoraban demasiado. Pausas en conversaciones susurradas. La forma en que el silencio la seguía a habi