La llamada llegó sin ceremonias.
Ningún mensajero. Ninguna nota. Ninguna advertencia más allá del suave clic de la cerradura tras ella al cerrarse la puerta.
Callie estaba de pie en el centro de la habitación privada de Darian, la luz de las velas parpadeaba sobre las paredes de piedra que parecían inclinarse hacia adentro, estrechando el mundo hasta que no había nada más allá. El aire olía ligeramente a cera y hierro, y a algo más oscuro: recuerdo, tal vez, o intención.
"Aparta tus pensamientos", dijo Darian desde las sombras.
"No tu ropa. Tus pensamientos".
Su respiración se entrecortó.
"Sí, señor".
Cerró los ojos, aunque sabía que no debía bloquearlo por completo. Él la rodeó lentamente, con pasos medidos, deliberados. Cada sonido aterrizaba en su piel como una caricia que no le permitía retroceder.
"Esta es una prueba", dijo. "No de tu cuerpo".
Tragó saliva.
"De tu obediencia".
Una pausa.
"Y de tu resistencia". Sus dedos se curvaron a los costados, las uñas clavándose en sus palma