Callie no pretendía oírlo.
Eso se lo diría más tarde, una y otra vez, cuando el peso de las palabras empezó a hundirle las garras en el pecho.
La habían enviado al pasillo oeste a pulir los soportes inferiores de las antorchas, una tarea normalmente asignada a los sirvientes subalternos. La orden en sí misma le había parecido deliberada. Demasiado deliberada. Como si alguien la hubiera querido alejar de los salones centrales, apartada de los ritmos cuidadosos que había empezado a dominar.
Se mo