El recado fue dado sin explicación.
Eso solo lo dijo todo para Callie.
Se quedó en la antecámara, justo detrás del estudio privado de Darian, con las manos cruzadas en la cintura y la mirada baja, como le habían ordenado. El palacio al otro lado de la puerta respiraba en silencio: piedras asentándose, pasos lejanos, el eco apagado del poder moviéndose a su antojo. Dentro de la habitación, a sus espaldas, el silencio se extendía, deliberado y pesado.
Esperó.
Cuando su voz finalmente llegó, era tranquila. Medida. Engañosamente suave.
"Hay un ala del palacio", dijo Darian, "en la que los sirvientes rara vez entran a menos que se les ordene".
Su columna se enderezó instintivamente.
"Sí, mi señor".
"Irás allí", continuó. "Cumplirás con las tareas que se te asignen. No llamarás la atención. No darás explicaciones".
Una pausa.
"No fallarás".
Las palabras se le quedaron grabadas como el hierro.
No necesitó más detalles. El fracaso, con Darian, nunca era ambiguo. No fue ruidoso ni cruel de for