La llamada llegó sin ceremonia.
Sin guardia. Sin explicación. Solo una nota doblada junto a su plato mientras terminaba sus tareas vespertinas. El papel era grueso y texturizado: de la realeza. No necesitó abrirlo para saber qué decía.
Su pulso respondió antes que su mente.
Callie dobló la nota con cuidado, guardándola en su manga como si pudiera quemarle la piel si la sostenía demasiado tiempo. A su alrededor, el palacio continuaba con su ritmo silencioso: pasos, conversaciones murmuradas, el lejano tintineo de metal y piedra. Nadie notó su quietud. Nadie vio cómo sus hombros se tensaban, cómo su respiración se ralentizaba deliberadamente.
Terminó sus tareas con meticulosa precisión.
Cada movimiento parecía deliberado ahora, cargado de anticipación. Se lavó las manos dos veces. Se alisó el cabello. Se ajustó la ropa hasta que le quedó perfecta, no para favorecer, sino para sumisión. La presentación importaba. Darian se lo había enseñado sin decirlo nunca en voz alta.
Para cuando lleg