Callie despertó con Darian ya presente en su mente.
No su voz. No sus manos.
Su ausencia.
La oprimió contra su pecho mientras se levantaba de la estrecha cama, mientras se vestía, mientras se trenzaba el cabello con deliberado cuidado. El recuerdo de arrodillarse la noche anterior persistía en sus músculos: un eco de quietud, de contención. Sus muñecas recordaban el peso del cuero. Su columna recordaba la postura.
Su cuerpo había aprendido algo que su mente aún temía nombrar.
Se movía por los pasillos de servicio con un silencio practicado, pero hoy cada sonido parecía más agudo. Los pasos se demoraban demasiado tras ella. Las miradas duraban medio respiro más de lo debido. El palacio, antes simplemente opresivo, ahora parecía observador, lleno de escrutinio.
Te ven.
El pensamiento la siguió mientras fregaba los suelos de piedra, mientras cargaba la ropa de cama, mientras hacía una reverencia y se hacía a un lado. Sus manos trabajaban automáticamente, pero sus pensamientos daban vuelt