El dolor no llegó de golpe.
Llegó en oleadas que se disfrazaron de rutina.
Callie despertó antes de que sonara la campana, con el cuerpo ya tenso y el corazón acelerado como si lo hubieran llamado incluso mientras dormía. Durante varios segundos, permaneció inmóvil, mirando al techo, esperando a que la verdad se suavizara.
No lo hizo.
Elysia estaba muerta.
Las palabras no resonaron dramáticamente. Se asentaron en su pecho como una piedra, pesadas e inmóviles. Cada respiración las presionaba, un recordatorio de que esta no era una pesadilla de la que pudiera despertar.
Se levantó mecánicamente, vistiéndose con la misma precisión que había aprendido bajo la mirada de Darian. Manos firmes. Movimientos contenidos. Ninguna fractura externa.
Por dentro, todo se astilló.
Mientras caminaba por los pasillos, los recuerdos la asaltaron sin piedad. La risa de su hermana, rápida y aguda. La forma en que Elysia solía inclinar la cabeza cuando pensaba, siempre ligeramente desafiante. La última disc