El palacio había aprendido a susurrar.
Callie lo sintió en cuanto entró en el pasillo este: cómo las voces se apagaban, cómo los pasos se ralentizaban ligeramente a su paso. Los sirvientes no dejaban de hablar. Simplemente cambiaban su forma de hablar, como si las paredes hubieran desarrollado oídos y la hubieran elegido como su secreto favorito.
Mantenía la cabeza gacha, las manos perfectamente cruzadas a la altura de la cintura, la postura precisa. Obediente. Controlada. Exactamente lo que se esperaba de ella.
Por dentro, se desmoronaba.
El dolor se asentaba bajo sus costillas como una piedra que se negaba a disolverse. Habían pasado días desde que la verdad sobre Elysia había echado raíces, días desde que el palacio se había vuelto insoportable de una manera nueva. No solo peligroso, no solo erótico y cruel, sino atormentado. Cada superficie pulida reflejaba una versión de sí misma que apenas reconocía: ojos más oscuros, movimientos más lentos, un cuerpo demasiado consciente de sus