El palacio había aprendido a susurrar.
Callie lo sintió en cuanto entró en el pasillo este: cómo las voces se apagaban, cómo los pasos se ralentizaban ligeramente a su paso. Los sirvientes no dejaban de hablar. Simplemente cambiaban su forma de hablar, como si las paredes hubieran desarrollado oídos y la hubieran elegido como su secreto favorito.
Mantenía la cabeza gacha, las manos perfectamente cruzadas a la altura de la cintura, la postura precisa. Obediente. Controlada. Exactamente lo que se