La llamada llegó sin ceremonia.
Sin mensajero. Sin orden escrita.
Solo una pausa en el ritmo del palacio, un cambio sutil que Callie había aprendido a reconocer: la forma en que los sirvientes encontraban de repente razones para desaparecer, la forma en que el aire mismo parecía tensarse.
"Quédense", murmuró un mayordomo mientras ella cogía una bandeja de lino. "Su Majestad inspeccionará el ala personalmente".
Inspeccionar.
La palabra se le metió en los huesos.
Callie se alisó el delantal con deliberado cuidado, esforzándose por respirar con normalidad. Se dijo a sí misma que era rutina. Que las inspecciones eran comunes. Que no había hecho nada malo.
Su lobo no la creyó.
Se paseaba inquieto bajo su piel, alerta, atento, atento a la presencia que ya se acercaba.
Darian entró sin previo aviso.
No lo necesitaba.
La conversación murió al instante. Los pasos se ralentizaron. Las espaldas se enderezaron. Callie mantuvo la mirada baja, como exigía el protocolo, aunque su instinto la impulsa