Callie se movía por el palacio como si las paredes la observaran.
Cada pasillo se sentía más estrecho que antes. Cada eco de pasos cargaba un significado. Sus tareas no habían cambiado: planchar la ropa de cama, cambiar las velas, pulir los pisos hasta que reflejaran los techos abovedados; sin embargo, cada tarea ahora conllevaba una silenciosa tensión.
Se sentía observada incluso estando sola.
Su lobo caminaba inquieto bajo su piel, no con miedo, sino con una alerta intensificada. Percibía que