Callie se movía por el palacio como si las paredes la observaran.
Cada pasillo se sentía más estrecho que antes. Cada eco de pasos cargaba un significado. Sus tareas no habían cambiado: planchar la ropa de cama, cambiar las velas, pulir los pisos hasta que reflejaran los techos abovedados; sin embargo, cada tarea ahora conllevaba una silenciosa tensión.
Se sentía observada incluso estando sola.
Su lobo caminaba inquieto bajo su piel, no con miedo, sino con una alerta intensificada. Percibía que algo cambiaba; no era exactamente peligro, sino que se acercaba. La anticipación agudizaba sus sentidos, la hacía demasiado consciente de su propia respiración, su postura, su forma de mantenerse.
Se sorprendió a sí misma adaptándose inconscientemente: hombros atrás, barbilla recta, movimientos pausados.
¿Cuándo empecé a hacer eso?
La respuesta llegó sin que la pidiera.
Desde él.
Sucedió de pasada. Estaba colocando copas en una mesa de banquete cuando Darian se acercó; no directamente detrás de