Callie aprendió rápidamente que el silencio podía ser más fuerte que una orden.
En los días posteriores a su llamada a los aposentos de Darian, no ocurrió nada.
Ningún castigo.
Ninguna instrucción.
Ninguna orden susurrada en su oído.
Y esa ausencia era insoportable.
Se movía como una sombra entre sus deberes, realizando tareas que había hecho cientos de veces antes: pulir barandillas, ordenar mantelería, llevar bandejas; sin embargo, cada movimiento se sentía ahora cargado, cargado de recuerdos. Su cuerpo recordaba cosas que su mente intentaba negar: el calor de su presencia tras ella, el peso de su mirada, cómo una sola palabra dicha en voz baja la había deshecho más profundamente que la fuerza jamás podría.
Obediencia.
La palabra resonó en sus pensamientos mientras se arrodillaba para fregar el suelo de piedra fuera de la sala del consejo. Sus manos se movían automáticamente, pero su atención vagaba, traicionera y hambrienta.
Se preguntó si él la estaría observando.
El solo pensamie