La puerta se cerró tras Callie con un sonido que pareció definitivo.
No fue fuerte.
No fue violento.
Solo decisivo.
Se quedó quieta un momento, con los dedos aferrados a la tela, escuchando cómo se instalaba el silencio. Los aposentos privados del Rey no se parecían en nada a los salones del palacio. No se oían pasos resonantes. No había sirvientes murmurando. No había ojos que fingieran no ver.
Allí, el silencio la presionaba.
Tragó saliva y dio el primer paso.
Los aposentos de Darian eran amplios pero sobrios. Paredes de piedra oscura suavizadas por pesadas cortinas. Una cama ancha situada bajo un arco tallado. Estanterías llenas de libros: lomos gruesos, cuero desgastado, títulos en idiomas que no reconocía. Todo era deliberado. Controlado. Nada fuera de lugar.
Nada excesivo.
Se sentía… íntimo.
Callie inhaló lentamente, tranquilizándose.
Supervisión invisible, había dicho el sirviente jefe.
Como si las paredes mismas la estuvieran observando.
Empezó por el escritorio. La superficie