El salón del palacio nunca estaba en silencio.
Incluso en sus horas más tranquilas, respiraba: piedra susurrando contra piedra, estandartes suspirando con la más mínima corriente de aire, pasos resonando mucho después del paso de los cuerpos. Callie había aprendido a leer sus estados de ánimo como se aprenden los estados de ánimo de una tormenta. Hoy, el salón estaba alerta. Vigilante.
Lo sintió antes de verlo.
El sutil cambio en el aire.
La forma en que los sirvientes se enderezaban demasiado rápido.
La forma en que la conversación se apagaba a media respiración.
Darian, rey licántropo de Valtor, estaba de pie al otro extremo del salón.
No se movía. No lo necesitaba.
El poder irradiaba de él en oleadas lentas y letales: violencia contenida envuelta en una restricción de seda. Su presencia presionó los sentidos de Callie hasta que su columna se tensó instintivamente, sus hombros se encogieron hacia atrás como si fueran tirados por hilos invisibles.
Su bandeja tembló.
La estabilizó ráp