Callie se había aprendido de memoria los ritmos del palacio.
La forma en que el amanecer se colaba por las altas ventanas, pálido y frío. La forma en que los sirvientes se movían como fantasmas por los pasillos, con la cabeza gacha y las voces apagadas. La forma en que el miedo se cernía sobre las paredes: no era estridente ni evidente, sino constante. Apremiante. Observando.
Y sobre todo, había aprendido el ritmo de Darian.
Sus silencios nunca eran vacíos.
Su atención nunca era accident