El Gran Comedor nunca estaba en silencio, no de verdad.
Incluso antes de que llegaran los invitados, respiraba con anticipación: sirvientes moviéndose según patrones ensayados, guardias apostados como estatuas vivientes, candelabros bajados y encendidos hasta que las paredes de piedra brillaban doradas. El poder residía allí. Impregnaba el mármol. Oprimió los pulmones.
Callie lo sintió en cuanto entró.
Se detuvo justo después del umbral, apretando los dedos alrededor del borde de la bandeja que