Mundo ficciónIniciar sesiónEl palacio entero susurraba que el hijo de la reina Neferet era una maldición disfrazada de bendición.
Los murmullos serpenteaban por los corredores como humo venenoso, alimentándose de cada sombra que las antorchas no alcanzaban a disipar. Desde el nacimiento de Tutankhamun, hace apenas dos meses, las señales habían sido imposibles de ignorar. Las marcas oscuras que pulsaban en su piel durante la noche. Los sueños perturbadores que atacaban a cualquiera que durmiera cerca de él. El modo en que los animales domésticos huían de su presencia, y cómo las plantas se marchitaban cuando sus diminutas manos las rozaban.
Pero fue la mañana en que Amenemhat, el Sumo Sacerdote de Amón-Ra, llegó al palacio con el rostro ceniciento y las manos temblando, que supe que nuestro tiempo de relativa paz había terminado.
—Mi reina —dijo, incapaz de sostener mi mirada mientras se postraba en el suelo de mármol—. Debo hablar con urgencia sobre el príncipe heredero.
Tutankhamu







