El silencio que siguió al ritual era tan denso que parecía sagrado. Las velas se consumían lentamente, y el humo formaba espirales que ascendían hacia lo alto de la cámara. Risa y Rhaziel permanecían en el centro del círculo, todavía unidos en un abrazo que ninguno de los dos quería soltar.
Las marcas en sus cuellos ardían suavemente, como brasas vivas, y en su interior el vínculo recién creado se desplegaba con la fuerza de un río desbordado. Risa cerró los ojos un instante y, al hacerlo, si