Por la mano de Arabella.
Arabella caminaba por los corredores como una tormenta a punto de estallar. Sus pasos resonaban como latigazos en los suelos de mármol, y con cada zancada, su capa de terciopelo esmeralda ondeaba tras ella como una serpiente furiosa. Intentaba ocultar la rabia que ardía bajo su piel, pero era imposible: sus puños estaban cerrados, sus ojos entrecerrados, sus dientes apretados. Era un milagro que los corredores aún estuvieran intactos.
No dijo una palabra al pasar junto a guardias o sirvientes.