Lo merecía.
La noche descendía silenciosa sobre Aurelia, envolviendo las torres del castillo en un manto espeso de niebla. Desde el interior, los corredores resonaban con el suave crepitar de las antorchas y el sonido amortiguado de pasos cuidadosos. Arabella caminaba con firmeza, aunque contenida, cargando una bandeja con la última comida del día. Una sopa humeante, un trozo de pan crujiente, una infusión ligeramente endulzada. Y, por supuesto, la sustancia más importante de todas: la dosis precisa de hie