Ulrich caminó hacia el salón para tomar su desayuno. No fue una sorpresa encontrar la mesa completamente puesta, pero sin rastro de Phoenix. Su ausencia, una constante punición silenciosa por lo que él había hecho, lo corroía por dentro. Miró la mesa, frustrado, y dijo a los sirvientes:
“Retiren todo."
Uno de los sirvientes, nervioso, preguntó con recelo: "¿Está seguro de que no le gustaría comer, Su Majestad?"
Ulrich, ya irritado, respondió con voz firme.
"¿Quieres convertirte en la comida?"