Phoenix estaba en shock. No podía creer que allí, sentado en el sillón, con Alaric en brazos, estuviera Ulrich. El Alfa, el Rey del Valle del Norte, cuya llegada hacía temblar a Aurelia, sostenía a Alaric con una delicadeza que contrastaba con su imponente presencia. La tenue luz de una única vela danzaba en su rostro, resaltando los rasgos duros, la barba rala y los ojos dorados que parecían atravesar el alma. La imagen era tan surrealista que no pudo sostener el hechizo. La ilusión se rompió