Mía cerró los ojos, para ella al fin había terminado todo, o eso fue lo que pensó hasta que se escuchó un fuerte golpe y alguien cayendo frente a ella.
La azabache abrió los ojos y vio al causante de sus desgracias y pesadillas hincado frente a ella, demasiado cerca, por eso, instintivamente, retrocedió.
Estaba tan apurada por alejarse de él, que ni siquiera le interesaba lo que había ocurrido, y tampoco le importaban sus rodillas que, tras arrastrarse sin cuidado, terminaron heridas.
Ya lejo