Sin saber cómo, con las piernas temblando cual gelatina y los nervios de punta, la joven azabache de ojos azules tomó mucho aire para contener las náuseas y caminó hasta su esposo, a quién se aferró con fuerza una vez que lo tuvo a su alcance.
Mía necesitaba sentirse segura y él era al único a quien podía acudir para refugiarse, pues estaba segura de que él podía protegerla incluso de sí misma, que quizá era uno de sus peores enemigos cuando la inseguridad y el miedo le ganaban.
Corono la sinti