Maya apretaba la taza de café mientras miraba por la ventana. Se limpió una lágrima rápido. Ver a Camila despertar había sido un infierno; el ataque de pánico fue tan violento que tuvieron que sedarla a la fuerza. Ahora su amiga dormía, hundida en los fármacos, y Amanda se había ido a casa un momento para buscar ropa y asearse. Maya estaba sola en la penumbra de la habitación.
El sonido de la puerta la hizo girar. Se quedó de piedra al ver a Alexander.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó él, acercá