Alexander arrastró a Stefany por el brazo hasta el estacionamiento, ignorando sus tacones golpeando el asfalto y sus gritos que ya empezaban a atraer miradas indiscretas. Al llegar a su coche, la soltó con una brusquedad que la hizo tambalearse. Su rostro era una máscara de hierro; no había furia explosiva, había algo peor: una indiferencia letal.
—Súbete al auto, Stefany. Ahora —ordenó Alexander, su voz vibrando con una autoridad que cortaba el aire.
—¡No me voy a subir a ningún lado! —chilló