Raquel
—¿Casados? —Lo miré, atónita.
¿Qué tipo de Don loco se casaría con alguien después de una aventura de una sola noche?
—Sí, cariño. Casados —dijo; su voz era seda sobre acero mientras me hacía cruzar la cocina.
—¿Por qué? —escupí.
Sostuvo la puerta trasera abierta; con el sol a su espalda quedaba en penumbra.
—Escucha, Raquel —dijo, bajo y letal—. Estoy intentando mantenerte viva. Pero si te mueres de ganas de que te maten, no voy a impedirlo.
Me quedé helada. Tenía razón: si no hubiera e